Viajamos a Diómedes, el último reducto esquimal de Alaska, un lugar anclado en mitad del Estrecho de Bering o, lo que es lo mismo, en el fin del mundo. En invierno, a 67ºC bajo cero, el clima convierte el mar en placas sólidas y el hielo lo cubre todo: las barcas, las máquinas quitanieve, los tejados y hasta la mirada entumecida de los hombres. El pueblo de Diómedes, en la más pequeña de las dos islas, está habitado por 140 esquimales que viven en casas escarchadas, hijos y nietos de antiguos arponeros, de cazadores de osos y ballenas, descendientes de los guerreros que recibieron con una lluvia de lanzas a los primeros exploradores europeos.
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